El "llegatardismo", o cuando diagnosticar es justificar

El “llegatardismo”, o cuando diagnosticar es justificar

2 febrero, 2016
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Para aquellos a quienes no les haya llegado la noticia, a Jim Dunbar (Escocia) le han diagnosticado “llegatardismo”, un trastorno que le impide llegar puntual a cualquier cita. Segun reza la noticia de The Evening Telegraph, gracias a diferentes pruebas médicas se ha podido comprobar la incapacidad de su cerebro para poder calcular la duración de ninguna tarea que realice, hecho que inevitablemente le hace ser impuntual, y que le ha llevado a perder trabajos, relaciones de pareja, amistades, y a tener un amplio sufrimiento personal en toda su esfera vital. Gracias a la diagnosis, ahora se siente más aliviado y no se culpabiliza por ello.

Sin querer restar importancia al sufrimiento que la situación de esta persona le conlleva, y avisando de antemano que quien escribe estas líneas convive en su día a día con la fibromialgia y la fatiga crónica en su hogar, sí hay algo en esta noticia que me escandaliza y me preocupa.

Jim Dunbar era un impuntual. Sigue siendo un impuntual. Y sufría las consecuencias de ello. Pero gracias a que el estamento médico ha sentenciado que hay un Trastorno que justifica su conducta (la mayúscula es ex profeso), esta persona ha dejado de ser responsable de sus actos. Ah, lo siento, estoy enfermo de llegatardismo, no se me puede culpar. Compadéceme. Con este acto académico, se ha exhimido de todo a esta persona. Hecho que me hace pensar, ¿qué papel juega aquí el colectivo sanitario? ¿Somos (pues como psicólogo me incluyo en dicho colectivo) los dioses morales que podemos establecer inequívocamente la frontera entre el bien y el mal? ¿Estamos ciertamente inmunizados de las pasiones humanas, hecho que nos permite juzgar desde la objetividad más absoluta y establecer afirmaciones que sean base para ley moral? Pues mi preocupación va más allá de si es verdad que la impuntualidad de esta persona está motivada por una causa física. Mi preocupación está en el peso que la sociedad da a la palabra de los médicos/científicos. Individuos que vienen a sustituir a los filósofos y a los religiosos para establecer el nuevo código ético. Con la excusa higienista que empezó en el siglo XIX, todo es susceptible de caer en la esfera de poder de la medicina, de saber si algo es sano o insano, de establecer si es normal o enfermo. Y en caso de ser sano, ser bueno, y en caso de ser enfermo, situar a aquella persona/conducta en una nueva posición. O bien la de ser justificable (pobre, mató a su pareja pero no es culpa suya, su configuración neuronal no le permite controlar su agresividad; mi máquina TAC que tú no sabes cómo funciona y cuyos resultados tienen que ser analizados por mi, así lo afirman). O bien la de ser perseguible (el colesterol mata, quien promueba el consumo de colesterol es malvado; la homosexualidad es una aberración… bueno, desde 1973 ya no, que el grupo de presión de la comunidad LGTBI ha conseguido tras años de lucha que nos sea más conveniente afirmar lo contrario, pero no pediremos perdón por el sufrimiento causado intentando “curarla”).

No podemos negar la búsqueda de la objetividad en la investigación científica (otra cosa es que se consiga). Pero lo que sí debemos de poner en tela de juicio es el valor moral de lo que de ella se deriva. Del papel de sabios inapelables que atorgamos a todo académico de bata blanca que siente cátedra. Así como debemos de mantener un espíritu crítico hacia las informaciones que nos dan. Analizando la posibilidad que tras de ellas se pueda esconder a veces intereses partidistas, morales o comerciales. O que incluso no habiéndolos, nos aprovechemos de la dinámica para justificar nuestros actos. El conocimiento científico es objetivo, creado por sujetos no por objetos. Y lo que hacemos con ello es enteramente subjetivo y voluble al paso del tiempo. Lo que hoy nos parece enfermo y por tanto malo/perseguible/compadecible, el día de mañana puede haber cambiado el paradigma y pasar a ser sano, y por tanto bueno/alentable/deseado.

Señor Dunbar, me alegro mucho de que el encontrar una explicación a su conducta le haga reafirmarse que ella no era debida a la mala fe ni a un desprecio hacia sus parejas, amistades o jefes. Pero tiene de ahora en adelante una responsabilidad que afrontar, y es que, sabiendo que está usted aquejado de llegatardismo, en su mano está aplicar aquellas acciones que le permitan tener una mayor calidad de vida y adaptarse a una sociedad en la que Cronos es de los pocos dioses que han sobrevivido al cristianismo. Ármese de despertadores o cronómetros, busque trabajos que le permitan ser dueño de su horario.

Pero nunca nunca, huya de sus responsabilidades.


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