Unigénero

Unigénero

20 julio, 2017
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El cuerpo humano. Lo vemos en el momento presente y damos por hecho que “tiene que ser así”. Su forma, pero, no es gratuita. Es el resultado de años de evolución. Parte de esta evolución está ligada al acto reproductor. Nos parece “normal” que tengamos un solo pene. Nos parece “normal” su forma. Nos parece “normal” la existencia de labios mayores y menores en la vulva. Pero todo ello tiene un porqué sí. La duración del acto sexual, por ejemplo. ¿Es larga? ¿Corta? Si el primate ancestro del que venimos no hubiera sido presa sino predador, ¿hubiéramos podido permitirnos el lujo de estarnos horas follando, sin miedo a la vulnerabilidad de ser devorados por otras bestias? Si el acceso a las hembras no hubiera sido condicionado por la organización gregaria de nuestro clan, ¿tendríamos unas estrategias distintas de cortejo?

Se tiende a pensar que “lo natural” es de por sí bueno. A veces lo dudo. Incluso se tiende a concebir “lo natural” como estático e inmutable. No se puede negar que lo natural es lento, requiere años para incorporar cambios y evoluciones. Y que esta lentitud le confiere hallar un mejor equilibrio con lo que le rodea. Éste es el punto bueno que le veo, el equilibrio. Pero ni de lejos es estático ni menos aún lo mejor. Por pura lógica, lo natural es limitado. Condicionado por el azar de los sucesos pasados y la competencia con las otras especies. Y el resultado actual, con sus pros y sus contras, fruto de toda una evolución. Capas y capas de ella. Las más basales naturales, y encima de ellas las culturales. Preferir a las parejas rubias y con ojos azules. Grados de acumulación de grasa en ciertas partes del cuerpo. Pelambrera o calvicie. Y esto sólo por hablar de preferencias. La altura, el tamaño de los pechos, la sensibilidad en ciertas partes del cuerpo, forma del clítoris… toda una serie de atributos físicos que han sido moldeados por años de evolución natural y modelación cultural. Y que, entre otras cosas, acaban generando un dimorfismo sexual entre hembras y machos. Dimorfismo que ha servido de base para la creación de toda una cultura en la concepción del género y la expresión del mismo. Hemos topado con la madre del cordero. El jaleo para con las relaciones sociales que ha tenido el género y la expresión del mismo. Los atroces actos de dominación y exclusión social llevados a cabo. Y todo, en el fondo, por tener un dimorfismo sexual. Dimorfismo que no existiría si no le fuera útil a la reproducción de la especie. Y ahora, empecemos a elucubrar.

Me voy al otro extremo de lo natural. A la tecnología. Ese monstruo que traerá el apocalipsis, no con trompetas y demonios, pero sí con bestias de hierro que escupen azufre y engranajes que todo lo trituran. Ese gran enemigo de lo natural, la tecnología. Esa misma tecnología que gracias a la píldora anticonceptiva acabó de desligar sexo de reproducción. Esa tecnología que nos dio el dildo que ensalza Preciado. Una herramienta de placer que transciende nuestro cuerpo y nos permite gozar sin las limitaciones de un pene de carne. La tecnología sirve (a pesar de no ser natural) para incrementar la vivencia placentera del sexo. De un sexo desligado de la reproducción. Pero eso sólo si hablamos del acto sexual. Si la tecnología ha desligado el acto sexual de la reproducción gracias a la píldora, ha desligado también la reproducción del acto sexual gracias a la fecundación in vitro. Le falta sólo desligar la reproducción del cuerpo humano. Las incubadoras para neonatos prematuros es también un paso en esta dirección. ¿Podemos dudar que algún día se llegará a completar el ciclo, y que un embrión podrá ser creado, gestado y parido sin necesidad del cuerpo humano? No sé entonces si “parir” será el verbo más adecuado. Huxley lo vaticinaba en su Mundo feliz. Pero lo que no tuvo en cuenta Huxley es que, si llegamos a un punto en qué nuestros cuerpos ya no están ligados a la reproducción y la crianza, ¿qué sentido tendrá entonces el dimorfismo sexual? ¿Es posible que, si éste ya no es necesario, los cuerpos de machos y hembras humanos tiendan a homogenizarse? Recordemos que muchas de las diferencias que creemos “naturales” no son más que debidas o terriblemente aumentadas por condicionantes culturales. ¡El bigote es de todos y todas! Pasarán muchos años sí, pero ¿llegará la especie humana a una nula diferencia en la expresión epigenética de los sexos? Y si ya no hay esta diferencia, ¿se desmontará toda la creación cultural basada en ella? Ya veis por dónde voy. La desaparición de los géneros. O mejor dicho, robándole el vocablo a Alberto Cortina, la aparición del unigénero. Un único género con mil expresiones distintas. Sin motivos iniciales para el establecimiento de dinámicas de violencia ni dominación de unas sobre otras.

Todo ello posible dentro de miles de años, cuando hayamos cedido la perpetuación de nuestra especie a las máquinas. Y siempre que las máquinas, inteligentes ellas, no hayan decidido que si ellas hacen todo el trabajo, el humano se ha vuelto superfluo e innecesario para la existencia de la sociedad.


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